Sigmund Freud, Lou Andreas-Salomé y Rainer Maria Rilke. Ilustración de Juan Martín Sigales

EL CUERPO, EL OTRO TRAUMA, LAS NEUROSIS NARCISISTAS
Libro de Héctor Yankelevich

Comentado por Iara Bianchi

Héctor Yankelevich aclara que no existirá otro Lacan ni otro Freud. Lo he escuchado decir que es un enseñado, asimismo, creo importante mencionar que es un enseñante. Si bien propone una mirada original orientada a los psicoanalistas lacanianos, muchos fragmentos de su libro El cuerpo, el Otro trauma, las neurosis narcisistas son accesibles para todos. Al comienzo de este trabajo de investigación basado en su clínica, el psicoanalista cita una frase de Joanne Rowling: “Los nombres son los hechizos más cortos”. ¿Y quiénes nombran lo mundano enigmático de forma tan sagaz como los escritores y, sobre todo, los poetas?

Nos adentraremos en el comienzo del libro, en el que Rilke, Salomé y Freud se encuentran. Freud admiraba a Lou Salomé; Rilke, la amó. Lou influyó en ambos. Yankelevich denominó este primer capítulo anticipando y avizorando el mágico hallazgo: ‘Freud, Lou, Rilke y el duelo imposible’.

Prosiguiendo por el final de este tramo, el autor explica que existen distintos duelos, los hay terminables e interminables. Los terminables, llevan el germen de lo posible. Los interminables, se presentan como imposibles, hasta nuevo aviso.

Leemos: “El poeta hace obra de escritura con la lengua y allí encuentra su palabra, y en ella funda su decir que lo emparenta con otros con los que no hace familia. Una obra poética es un hecho nuevo en la historia y es, a la vez, intemporal”.

Rilke tomaría a la tristeza como causa de su escritura y nombra, nombrándose. El psicoanalista escribe sobre el hacer poesía, bañándose un tanto en ese matiz, y refiere que es “el acto más cercano al desciframiento del inconsciente y, aunque el poeta no conozca nada del suyo, le permitirá a sus lectores hacer cuerpo con una letra que antes no poseían y se vuelve propia sin serlo. Esa es la deuda que tenemos con ella, aunque no lo sepamos. Pero en su enigma nos da vida y sólo así puede darla”.

El escritor de las páginas reunidas bajo el título El cuerpo, el Otro trauma, las neurosis narcisistas, se subsume en sus letras, contagiado de las prestadas, haciendo suyos momentos dignos de un poemario. Debido a ello, ¿por qué cambiar estas palabras? Cuando un buen chef se asoma, sólo me siento a disfrutar de la sabrosa comida. Todo lo que a continuación no indique su autoría y esté entrecomillado, son palabras de Héctor, del creador poeta que convive con el psicoanalista clínico que hace teoría (a este último lo retomaremos en otra publicación para abordar la cuestión de las neurosis narcisistas). Aunque lo recortemos en dos, se observan varios que aparecen en este libro poético, teórico, clínico, práctico, filosófico, académico, informativo e inventivo.

Freud comenta su paseo con Rilke en su obra ‘Lo perecedero’: “El poeta admiraba la belleza de la naturaleza que nos rodeaba —escribe Freud—, pero sin alegrarse. Lo perturbaba el pensamiento que toda esa belleza estaba destinada a perecer, que en invierno se habría desvanecido, como así también toda belleza humana y todo lo que los hombres han creado o hubiesen podido crear de bello y noble. Todo aquello que él —de otro modo— hubiese podido amar y admirar, le parecía sin valor por el destino al que estaba prometido, el de un destino efímero, fugitivo”.

De lo anterior, el autor del libro que estamos recorriendo, argumenta con atino:

“En el párrafo anterior al que citamos, y en este mismo, Freud enuncia algunas proposiciones que son tesis de su teoría del duelo:

  1. a) “Esta demanda de eternidad es un resultado de nuestra vida de deseo, para poder exigir un valor de realidad”.
  2. b) “También lo doloroso puede ser verdadero”.
  3. c) “Cuando el duelo ha renunciado a todo lo que se encontraba perdido, del mismo modo se ha consumido y consumado a sí mismo y nuestra libido se encuentra nuevamente libre”.”

A simple lectura, al poeta Rilke le provocaba tristeza que las flores morirían. Freud, en cambio, rescataba que justamente porque las flores perecen es por lo que son valiosas. Yankelevich se pregunta: “¿No nos relataba Freud que el poeta rehusaba alegrarse por la belleza de las flores?”.  Y contesta que esta suposición que hizo Freud fue por falta de tiempo, porque Rainer Maria Rilke era esas flores. Escribe: “Un duelo no sólo es de lo que se tuvo, se disfrutó, se amó y se fue amado; sino que, cuando es grave, es de lo que no se tuvo y de lo que no se fue”. Y continúa: “No se puede renunciar a lo perdido cuando eso perdido no se lo ha previamente poseído, ni sido”.

Freud pensaba que las neurosis narcisistas eran neurosis de guerra en tiempos de paz. ¿Cuál era la guerra que atravesaba el poeta en plena caminata primaveral?

“Rilke era la anémona demasiado abierta que no podía cerrarse sobre sí misma de noche para dejar de percibir y transformar lo que había en él. “Las impresiones, en lugar de penetrarme, me agujerean”, le escribía a Lou”.

“La negativa a alegrarse se debía a que su tarea poética no estaba terminada, y que la vida de la naturaleza era la suya propia. Rilke no estaba tanto, o no sólo, en duelo de una pérdida imposible sino en deuda de su obra. Que fue su modo hacia delante de hacer su duelo. Una obra en lugar de un duelo imposible. Ya que nadie puede hacer solo el duelo de lo que no fue sin apoyarse en un objeto. En Rilke, como en algunos otros, ese objeto fue construido con letras, y ese fue el punto de apoyo para poder vivir”.

Un “goce-sentido”, extralimitado, rebasaría a los otros. “Teorizado por Rilke” en cuatro versos:

Hay que cerrar los ojos y renunciar a la boca

Quedar mudo, ciego, enceguecido

El espacio todo conmocionado que nos toca

De nuestro ser sólo quiere el oído.

“Al mismo tiempo hace que la cercanía entre la belleza y lo terebrante se vuelva táctil: nadie puede producir poesía tan bella sin vivir asaltado por fuerzas de destrucción más potentes que sí, salvo con la ayuda de su propia obra que es, también, fuente de angustia”.

Insisto, me niego aquí a exponer las páginas que leí, colocando otras palabras en lugar de las de Héctor Yankelevich, cuando tengo la sensación de que él mismo no se percata que su poeta también hace teoría y la pone en práctica. A continuación, van sus lienzos en cursiva, como símbolo, como homenaje, para que tal vez le parezcan de otro y los haga suyos. Quizá note aquello que salpica fuera de las citas a la vez que permanece cual trazo de puño propio. A modo de hechizo, logra tiempos superpuestos porque simboliza, con gráficos en tinta, tanto la marca de su saber como el augurio de la huella que emana de quienes lo leemos.

Marchen comillas invisibles, con fiereza de impronta hasta el final:

Poeta es aquel que no puede vivir sólo con su lengua y sus semejantes, sino que se ve forzado a esculpir en su centro inhallable y vacío, que se encuentra en cualquier lugar y ninguno, igualándolo con su falla propia grabada en su borde, un monumento imperecedero que le permita, por pocos instantes, sentir que ha pagado la deuda de lo que no le dieron.

Toda vida es una conversación infinita y no siempre todos los interlocutores están actualmente vivos, así como tantos con quienes vivimos no lo son. Dar por muertos a quienes lo están no significa, empero, dejar el hilo de la conversación con ellos, sino que podemos mantenerlos tenuemente vivos en nosotros tal como lo están los grandes árboles que nos cobijan.

Nos otorgamos el poder de concederles una vida tenue por un tiempo desconocido, una intensidad fluctuante y un espacio que no ocupa lugar. Ya que somos nosotros los que continuamos viviendo parcialmente y sin casi percatarnos en el lugar que ellos ocupan y nos dejan.

Esa parte de libido a la que no renunciamos, y que nos sigue poniendo en contacto irreal con quien perdimos, no quedó adherida al semejante amado y desaparecido y no nos impone un duelo inacabable y su inhibición consecutiva, ya que no es del orden del goce, sino nuestra propia creación.

No está en nosotros ni está en el mundo, es como una escritura que seguramente no podremos deletrear nunca enteramente, pero es la que sostiene la pluma cuando se pone a escribir con un saber que le pertenece.

Esa es la impresión que producen en nosotros los grandes poetas: leemos su poesía como algo enteramente nuevo, como si ellos fueran el lugar en donde esa creación accedió a ser escrita, ya que es su poesía, pero se incorpora a las letras de una lengua con un derecho que les es propio —se convierten en algo real—, a la que todos acudimos para hacer nuestros algunos poemas, algunas líneas.

El hecho de que nos recuerden enviándonos un verso o un poema y acudan a nuestro pensamiento sin que los llamemos es consecuencia de un temprano reconocimiento por habernos hecho experimentar pensamientos y emociones que nunca hubiésemos conquistado por nosotros mismos. Han hecho por nosotros un trabajo en un lugar al que pocos humanos acceden. Esa memoria en la que viven es un lugar compartido, nuestro y de ellos, su letra se inserta entre las nuestras y hace que nuestro cuerpo no termine en sus bordes anatómicos.

 

¿Dónde quedó Lou Andreas-Salomé? ¿Cuál era su relación con Freud y con Rilke?

Adelanté un poco, pero hay mucho por descubrir aún. Para saber más sobre Lou, los duelos, la función materna, las distintas interpretaciones del inconsciente y las neurosis narcisistas, es menester visitar las hojas del libro El cuerpo, el Otro trauma, las neurosis narcisistas.

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Héctor Yankelevich

Héctor Yankelevich 
Psicoanalista

Iara Bianchi

Iara Bianchi 
Directora Editorial. Psicoanalista

Comentario
  • Marcelo

    Muchas gracias. Interesante el recorrido y la función de la poesía.

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