Relajados… Pecaban Tango

Por Bárbara Navarro

Quien suscribe, Dr. Pepe “Arrabal” Pasos Tapia, por medio de la presente, le intima a Ud. no pisar los pies de los caballeros, en concepto de reglas de convivencia en la milonga, en las situaciones descriptas en el artículo N°4, inciso 8 de nuestro “Código milonguero de faltas del Centro Cultural Percanta”. De no cumplir con la normativa, se tomarán las medidas cautelares que dieran lugar -acordes al Código Procesal de dicho lugar- sometiéndose a la multa correspondiente.

Queda Ud. debidamente notificado.

Dr. Pepe “Arrabal” Pasos Tapia

Abogado

El cartero golpeó y… ¡Oh! el Código en la misiva… Era cierto, le había pisado el pie en un cruce al compañero de baile de esa tanda. Se hacía responsable. Pero la sorprendió que algo considerado lúdico, sensual y hasta divertido (porque se reía muchísimo de ella misma), pudiera convertirse en un daño de tal magnitud y gravedad.

Los bailarines comentaban algo que ella no entendió hasta ese día. Decían que desde que Pepe había tomado la coordinación de la milonga, todo se había vuelto diferente. Entre los chismes típicos del ambiente, se decía que él quería imponer una ortodoxia al baile, que estaba cada vez más severo en eso y todo el tiempo pregonaba lo que se “debe” y “no se debe” hacer.

Al principio redactó una especie de “ética y moral milonguera”, lo bueno, lo malo, etc. Pero de a poco fue excediéndose hasta crear un auténtico código sobre el apile, el abrazo, el carreteo, los cruces, y otros aspectos…

La verborragia inicial sobre lo “bueno y lo malo” del bailar, con el pasar de los meses, se silenció. Él mandaba cartas intimatorias, incluso cartas documento hasta imponer severas multas. Era un hombre de códigos, y así codificaba:

“Código Milonguero de Faltas Centro Cultural Percanta”

Signos de pasión y /o violencia en el baile: $2.500

Desubicarse y decir cosas al oído (caballero o dama): $2.000

Arañar el cuello del caballero: $2.000

Apretón (sin soltar) del caballero en el apile: $1.000

Pellizcar o apretar la espalda del caballero: $999

Colgarse del caballero haciendo peso hacia abajo, o empujarlo hacia atrás o adelante: $1.352

No hacer las marcas correspondientes por parte del caballero: $500

Caballero o dama sudados: $200

Pisotón de la dama: $200

Puntapié del caballero: $157

Poner la mano blanda: una docena de facturas.

Vestimenta inapropiada: $200 (según el Código de vestuario).

No registrar los cabeceos. $120

Olores corporales: $100

Halitosis alcohólica: $100

Lentamente en el baile comenzó a sentirse un clima tenso. Lo que era “salvaje o silvestre”, se convirtió en “educado”, lo que era “suave” se convirtió en “correcto”, lo que era “dulce” se convirtió en “provocador” y lo que era “sensual” se convirtió en “pecado”.

Había que bailar con reglas, sino no era bailar. En ese lapso de tiempo, la pista pasó de ser una calesita de abrazos, mechones sudados y sonrisas, a ser una ronda de presos girando en el patio. Sobre la circulación había reglas también, el que chocaba con otra pareja era multado. Había propuesto la idea de un semáforo que fuera marcando cuando debía avanzar cada pareja-vehículo, después desistió porque se lo podía confundir con luces psicodélicas y decidió él mismo hacer el papel de policía de tránsito de pista. Para esto, se ponía un chaleco verde flúor con diseño tanguero, y hacía señas de “stop” y “avance” con una varilla de orquesta pintada en amarillo fluorescente. Lo peor era cuando clavaba de golpe el stop, por embotellamiento, y había que quedar con el amague pero regulando el ritmo.

El baile se tornó aburrido. Los bailarines parecían mecánicos, robóticos. Se llenaban de perfume, desodorante antitranspirante, llevaban abanicos, pañuelos, y hasta ventiladores a pilas. Los abrazos -si es que pudieren llamarse así- eran parecidos a la puesta en escena de una fila del colegio primario: distantes, lejanos, brazo estirado. El apile era un simulacro, nadie se apoyaba, por las dudas fuera mal interpretado. Los hombres hacían las marcas con exageración para evitar reclamos, y ellas respondían también con movimientos en demasía por el mismo motivo. Ni qué hablar de los pisotones o puntapiés, los cómplices callaban y si el inspector pescaba uno, le discutían, negaban, justificaban, hacían un escándalo y mal la pasaban. Empezaron a fabricar excusas, argumentos: zapatos nuevos, el piso en mal estado, el mal funcionamiento de los ventiladores y el aire acondicionado, la musicalización y la elección de temas, la aparición de extranjeros o principiantes que rompían la armonía, y más.

La “legalización de la milonga”… muchos ya ni iban, y los que lo hacían era con el único fin de ser un buen tanguero-ciudadano. Y empezó a emerger lo clandestino o alternativo, y por qué no, under. Así, en el patio de otra casa… transpirar la frente y el alma, bailar suelto, apretarse, apilarse, fundirse. Bailar como se quiera, por la piel, por la química que dura una tanda. Respirar dulzura, sensualidad en los mechones despeinados, mojados. Por doquier tironeos, agarradas, apretujes, cargas, enganches. Pisotearse al errar y sonreír, cerrar los ojos, sin inspectores.

Ya Relajados… pecar tango.

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Bárbara Navarro

Bárbara Navarro 
Psicoanalista. Escritora

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